Te asomas por la ventana y te das cuenta que lleva rato nevando. Los copos de nieve no delatan la tormenta por el sonido.
Pasan las horas y esperas a que se haga tarde. Entonces sales a la calle. Un silencio agudo invade tus oídos. Cualquier ruido, cualquier rumor, es amortiguado por la capa de nieve que lo cubre todo. Un silencio sólo roto por algún ladrido lejano, o el mate “poff” de la nieve al caer de algún árbol o tejado.
Respiras hondo. Te llenas de ese olor único que sólo la nieve tiene. Qué es curioso, como los diferentes estados físicos del agua pueden variar también en su perfume. Las fosas nasales, la tráquea y luego los pulmones se cargan de aire a bajo cero. Y notas como en lo más profundo de tu pecho, donde debe estar el alma, la temperatura cae en picado. Tu interior se enfría, tu corazón se acelera un poco (quizás), y una sensación de bienestar te invade, tensando los 17 músculos necesarios para dibujar una sonrisa en tu cara (¿tal vez como ahora?).
Y das el primer paso. Otro sonido que sólo la nieve tiene y que evoca recuerdos en los “veteranos", y abre la caja de nuevos para los recién iniciados en la nieve. Un crujir mate, apagado, claramente fraccionado, que no se parece a ningún otro.
Luego vienen otros pasos. Las puntas de tu calzado se cubren de nieve. Sabes (y si no, lo descubrirás), que a diferencia de la lluvia, tienes un rato antes de que empiece a calar, si no es impermeable. Te alejas de tu casa, y observas el nuevo paisaje. Todo lo familiar ha quedado transformado. Todos los coches aparecen iguales ahora. De líneas redondeadas, imposible reconocer modelos o marcas. Todo tiene un toque suave, algodonado y redondo. Y vuelves a sonreír. Parece un nuevo lugar y lo observas y disfrutas como tal. Como una nueva primera vez. Así que lo afotas hasta que los dedos de manos y pie te duelen del frío y temes por la integridad de la cámara de fotos :)














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