Friday, 19 September 2008

R470N - Día 1. ¿Libertad?

Me temo que todo lo que he estado descubriendo en mi desde que “me hice consciente” de mi existencia no eran más que la punta del iceberg.
Esta mañana estuve rebuscando por el laboratorio, entre los cajones los armarios de nuevo, para hacerme una idea global de lo que tengo a disposición, en un intento desesperado por encontrar comida suficiente para mi y para mis “congéneres”.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al rebuscar de nuevo por el primer cajón, aquel en que se encontraban los bolígrafos y lápices, me abordó la, en ese momento nueva, sensación de dejar escrito todo lo que sentía y pensaba. Si bien ya me sorprendía que reconociera los instrumentos para hacerlo (algo que en estos últimos días va pasando de forma tan habitual que casi me acostumbro a ello), más me sorprendí al ser capaz de escribir.
Me hice con la mina de lápiz que rodaba por el cajón y empecé a “escribir”. Al principio la letra era ilegible y los trazos demasiado agresivos pero, poco a poco, empecé a definir letra tras letra y palabra tras palabra, hasta hacer algo legible, al menos para mi.
Mi primera intención ha sido acercarme a los otros y enseñárselo. Quería confirmar si lo podían leer y había escrito “si lo lees y lo entiendes, asiente con la cabeza”. Pues bien… el primero lo ojeó durante un buen rato, hasta que se cansó de la “novedad” en su rutina, dio media vuelta y continuó con su acicalamiento. Otros ejemplares se acercaban hasta el punto de tocar con sus narices húmedas el papel, simplemente para olisquearlo y después darse la vuelta también, como decepcionados por no ser algo comestible. El resto simplemente intentaban comérselo sin plantearse si era comestible. Empiezo a descartar la posibilidad de comunicarme con ellos de forma efectiva…
Después de experimentar con mis compañeros dediqué buena parte de la mañana a explorar el laboratorio. Los ordenadores seguían procesando información sin cesar. Intenté entender algo de lo que hacían, pero no era capaz. Probé a parar los procesos o aprender a manejarlos como recordaba que lo hacían los humanes. Inútil.
Durante todo el día he tenido la desagradable sensación de no poder comunicarme con nadie, ni de entender lo que me rodea como me gustaría. A eso hay que sumarle que sigo sintiéndome solo, a pesar de haber otros ejemplares por aquí.

Entre momento y momento de reflexión he aprovechado para dar comida a mis compañeros y observar sus comportamientos. Realmente se comportan de forma casi autómata. Recogen comida, la guardan en su simpática casita llena de tela y vuelven a por más. Una vez han almacenado toda, se acicalan, beben agua, revisan que no quede comida en ningún punto de la jaula y se van a su guarida a disfrutar de su comida en la intimidad. En ese momento me sentí muy diferente de ellos. De nuevo, tan diferente como si no fuéramos de la misma especie. Y de nuevo esa sensación de soledad…

A media tarde he decidido probar la reacción de los otros ratones al abrirles las puertas hacia la libertad. He empujado los bebederos uno por uno y he dejado la vía libre para que pudieran salir.
Al principio no se han inmutado pero , poco a poco, han sido conscientes de que algo había cambiado en la jaula y de que podían salir. Para mi sorpresa (y posterior disgusto) ha habido dos tipos de reacciones. La mayoría de los individuos han asomado la cabeza por el orificio pero, después de unos minutos de inspeccionar el exterior, han vuelto al interior de la jaula, donde creo que se sienten más seguros.
Sólo uno ha optado por salir. Tal vez el más inquieto de todos… tal vez el más insensato. Ha salido como una exhalación de la jaula y a comenzado a corretear por la mesa, en frenesí. Parecía no entender porque, de repente, tenía una jaula tan grande.
He intentado aproximarme a él para observar de cerca su comportamiento, pero parecía que ni tan siquiera me viera. Ha seguido correteando hasta llegar al borde de la mesa y entonces ha sucedido algo que sólo 1 segundo antes he podido preveer: al llegar se ha aproximado en exceso al extremo y a apoyado sus 4 patas en él, para después dar un salto al vacío.
Un nudo a estrangulado mi estómago al verlo caer mesa abajo. He salido corriendo para ver qué había pasado. El pobre ratón yacía en el suelo, inmóvil. Bajé tan rápido como pude (nunca tanto como él) y me encontré con un cuerpo inerte. Muerto.
El nudo en el estómago había desparecido. Ahora sólo intentaba comprender qué procesos se desencadenarían en el cuerpo sin vida de este ratón. Incluso me preguntaba (y todavía me pregunto) si, una vez muerto, sigue siendo realmente un ratón como tal. Ha perdido una de las características más importantes que lo definen: la vida.
En otras ocasiones he visto otros ratones muertos, supongo. No sé qué sentiría por ellos. Tal vez nada. No creo que lo mismo que ahora, una mezcla de curiosidad y nostalgia, de querer saber qué será de su cuerpo muerto, pero a la vez me doy cuenta de que ya no va a poder continuar viviendo. Es una lástima.

Acto seguido he sido consciente del problema que podía surgir si dejaba a los demás en libertad y he subido a intentar encerrarlos de nuevo, recolocando el bebedero en su sitio, pero no he sido capaz de cerrarlo por completo. Sólo espero que no intenten salir de nuevo…

Me asaltan nuevas dudas cuando acaba el día: ¿lo que escribo lo entenderá cualquiera que lo lea (en términos humanos, claro, después de la experiencia fallida de los otros ratones)?
¿Qué debo hacer con los otros ratones? Tal vez puedan vivir libres por el laboratorio. Pero, ¿y si otro muere? Me siento responsable de esta muerte, aunque no culpable. Creo que debo protegerles… y para ello tengo que encerrarlos. Es una sensación muy confusa, el tener que privar de libertad a otros como yo para darles la opción de sobrevivir. ¿Quién soy yo para decidir por ellos?
Otro día lleno de nuevos sentimientos a los que, como la mayoría de cosas, se como clasificar casi siempre, sin dudar. Sigo sin saber porqué soy diferente de ellos. No sé quién ni qué me han hecho. Y sigo solo…

Friday, 5 September 2008

R470N - Prólogo

Solo
Soy consciente de que estoy solo. Me doy cuenta de que hace unos días que no veo a nadie por aquí. Exactamente 4 días. El lunes todavía vi a alguno de eso humanos con batas que venían por aquí, nos daba de comer, tomaba notas y volvían a irse para aparecer el siguiente día.
Soy consciente de que no van a volver, que por lo tanto la comida se va a agotar y que moriré aquí si no se remedia.
Soy consciente de que no soy como el resto de los ejemplares de mi especie. Les miro a los ojos, entre los barrotes, y no veo nada más que instinto. No hay ni un atisbo de inteligencia detrás de sus actos marcados por la naturaleza y la rutina.

¿Desde cuándo soy consciente de todo esto? Hace 2 semanas aproximadamente que soy capaz de asociar conceptos, plantear problemas y soluciones y aprender muchas cosas con la simple observación de mi entorno. Hasta entonces era uno más, en una jaula como los demás. Actuando como los demás...
Lo que no sé, y es algo que me intriga, es qué motivó ese cambio. Qué hizo que yo, entre los demás, fuera capaz de plantearme todo esto...

Y aquí estoy, solo. Esperando a... nada. Paso el día analizando la habitación en la que estoy. Parece un laboratorio. En la misma mesa en la que está mi jaula hay 5 más iguales, en las que hay otros tantos individuos. en frente, junto a la puerta, hay varios ordenadores, algunos de los cuales están apagados y otros parecen procesar información continuamente. Hay 3 microscopios en la mesa de la izquierda y neveras y congeladores en la pared de la derecha.

He visto que cerca de los microscopios y en las neveras guardan decenas de muestras de sangre y tejido. Sé que hay muestras mías o, por lo menos, lo asumo. La ausencia total de pelo deja al descubierto múltiples cicatrices, como si de un historial médico se tratara.
Al reflexionar sobre esto me siento algo vulnerable (más si cabe, teniendo en cuenta que vivo en una jaula del tamaño de una pecera mediana y estoy muy abajo en la cadena alimentaria). Los humanos que trabajan aquí saben más de mi que yo mismo. La identidad... es algo que debe haberse hecho patente junto con mi capacidad de raciocinio. Sé quién soy y qué soy. Reconozco a mis iguales (aunque cada vez los veo más lejanos) y me planteo qué será de nosotros cuando no tengamos qué comer.

En las horas que no observo la habitación correteo por la jaula. La viruta bajo mis patas tiene un tacto agradable, siempre y cuando esté seca. La higiene es algo que empieza a brillar por su ausencia desde el lunes. Rebusco entre los copos de madera restos de comida que puedan satisfacer mi acelerado metabolismo. Roo los barrotes y las traveseras de la rueda en la que hasta hace escasos días pasaba la mayor parte de mi tiempo, supongo que engañado por la falsa ilusión de que si corría podría salir de ahí.

El resto de horas reflexiono sobre qué debe haber pasado. Esta gente venía religiosamente puntual al laboratorio pero se iban tarde, realizando un trabajo que parece no acabarse nunca. Aunque es cierto que algunos nos trataban con mejores "modales" que otros, nunca faltó comida ni una jaula limpia.

Cuanto más pienso en ello más me atemoriza la idea de que este sea mi final. De nuevo miro a mis compañeros y no veo en sus caras ninguna expresión de miedo más allá de la incomprensión de no tener alimento puntualmente todas las mañanas.
El sentimiento de miedo ha ido creciendo en mi interior hasta que ha ganado a la incertidumbre de no saber qué hay ahí fuera, por lo que he decidido salir de mi hogar-prisión en busca de comida y respuestas.
La vía de escape resulta ser más sencilla de lo que esperaba y, después de varias combinaciones de movimientos con mis patas, consigo hacer ceder el bebedero y salir por el hueco dejado.

Para mi sorpresa no he sentido alivio o algo parecido a libertad. Para ser honesto, tampoco sé lo que se siente al ser libre. El miedo y la excitación iniciales han dejado paso a un apetito primario, que me obliga a corretear por la mesa en busca del rastro de la mezcla de cereales y hortalizas que los científicos nos administraban. Al cabo de un par de horas encontré un cajón donde estaba toda la comida.
Junto a los paquetes de comida envasados al vacío he encontrado una libreta y varios bolígrafos y lápices. Siento la necesidad de probar a escribir pero el hambre apremia y engullo la comida con prisa, para luego repartir como puedo un poco de comida entre los otros compañeros, de los que no espero ninguna muestra de agradecimiento. No creo que sean capaces de entenderlo.

Ahora que soy libre puedo correr por toda la habitación, saltando entre las mesas y deslizándome por pasadores y asideros de armarios para subir y bajar al suelo. Siento que puedo hacer lo que quiera y que hay mucho por descubrir, sin que nadie por el momento pueda detenerme. Ahora entiendo ligeramente lo que es la libertad...

Al cabo de un rato el cansancio se apodera de mi y me planteo volver a la jaula a dormir. A pesar de no desear volver a ese espacio cerrado, la seguridad que siento al estar dentro hace que sea la mejor opción para descansar.
Mañana será otro día...