De repente, se hace un silencio casi total. Al principio puede que se oiga el sonido lejano de lo antes se oía casi estridente pero, poco a poco, según el perfil marino baja, y nosotros con él, los ruidos van desapareciendo.
Ahora oigo mis latidos en las sienes (es la primera vez que llevaba capucha de neopreno), es aire salir del regulador hacia mi boca y las burbujas expulsadas desde mi boca. Voy compensando la presión producida por las toneladas y toneladas de agua que se van interponiendo entre mi insignificante cuerpo lleno de cavidades y la superficie son problemas. Es una sensación de libertad, de redescubrimiento, cuando los oídos se destapan y el timpano puede vibrar libremente para ofrecerte los sonidos submarinos.
Llegamos a una "llanura" de arena clara, rodeada de rocas y reviso el ordenador de muñeca. 11 metros.... No está mal. Hay mucha gente haciendo cursillos, otros ya se dirigen a explorar la zona y algunos llegan detrás nuestro. Curiosa imagen... es como si hubiera entrado en una habitación donde se imparten clases y la gente entra y sale, con la diferencia de que estamos a 10 metros por debajo de donde se supone debería reproducirse esta imagen.
Uri y yo nos colocamos bien las cintas y los aparatos y revisamos (casi por última vez...) el mapa. Decidimos cómo avanzamos y empezamos nuestra inmersión (este sería posiblemente el último momento en el que íbamos a ser metódicos).
El relieve submarino de esa zona de Tossa es realmente bonito. Planicies de arena manchadas de pepinos de mar, rodeadas por pequeñas montañas de roca forrada de vida marina por doquier, dejando huecos, grutas y cuevas donde la vida prolifera y se extiende.
Durante la primera media hora vamos bajando progresivamente hasta los 21,7 metros de profundidad. En nuestro viaje vamos encontrándonos con todo tipo de habitantes. Las castañuelas (Chromis chromis) nos acompañaron casi todo el viaje, vimos una brótola (Phycis phycis) en una cueva, como custodiándola, junto con un cabracho (Scorpaena scrofa) que yacía plácidamente en el fondo, consciente de que ningún otro animal debe acercarse si no quiere probar sus púas y su veneno.
Vimos un par de pulpos (Octopus vulgaris), el segundo realmente grande, con el que Uri intentó casi tiene un "afair" y un par de morenas (Muraena helena) que nos saludaron desde sus grutas. Había muchos sargos (Diplodus vulgaris) que bajo la luz de la linterna destellaban ante nuestros atónitos ojos, incapaces de parpadear para no perdernos ni el plancton pasar por delante nuestro y otros grupos de peces que no recordamos como para identificarlos ahora (me tengo que hacer con una funda para la cámara!!). Especialmente, me quedo con la intriga de no haber identificado la especie de un pececillo fusiforme, con líneas longitudinales amarillas en los flancos y que al ser alumbrado resplandecía en un azul ténue en la zona del abdomen, de una forma casi fantasmal. La próxima vez lo sabré!
Pero la invitada de excepción fue una raya pintada (Raja montagui) que encontramos sobre las rocas ya de vuelta. Fascinante animal de aproximadamente 75 cm, sólo el cuerpo, que "descansaba" sin ser molestada por nada ni nadie.
Entre todo este mundo acuático y las maravillas que nos fuimos encontrando cometimos un error muy grave... perdernos. No seguimos la brújula ni el mapa en ningún momento y acabamos totalmente desorientados y sin tener claro dónde estábamos ni la dirección a tomar.
Afortunadamente la inmersión no era complicada y mantuvimos la calma. Así que subimos a la superficie y nadamos hasta la orilla, después de 50 minutos de disfrute y deleite (y algo de frío por parte del pobre Uri).
La nota amarga la pone la pérdida de la linterna que me dejó Júlia con toda su buena fe. Evidentemente no era mi intención, pero la pobre linterna, después de soltarse del pasador que llevaba en la muñeca, se fue al fondo del mar.
Afortunadamente la propietaria (o expropietaria) ha sido comprensiva. Así que final feliz para mi primera inmersión como submarinista!
Ahora oigo mis latidos en las sienes (es la primera vez que llevaba capucha de neopreno), es aire salir del regulador hacia mi boca y las burbujas expulsadas desde mi boca. Voy compensando la presión producida por las toneladas y toneladas de agua que se van interponiendo entre mi insignificante cuerpo lleno de cavidades y la superficie son problemas. Es una sensación de libertad, de redescubrimiento, cuando los oídos se destapan y el timpano puede vibrar libremente para ofrecerte los sonidos submarinos.
Llegamos a una "llanura" de arena clara, rodeada de rocas y reviso el ordenador de muñeca. 11 metros.... No está mal. Hay mucha gente haciendo cursillos, otros ya se dirigen a explorar la zona y algunos llegan detrás nuestro. Curiosa imagen... es como si hubiera entrado en una habitación donde se imparten clases y la gente entra y sale, con la diferencia de que estamos a 10 metros por debajo de donde se supone debería reproducirse esta imagen.
Uri y yo nos colocamos bien las cintas y los aparatos y revisamos (casi por última vez...) el mapa. Decidimos cómo avanzamos y empezamos nuestra inmersión (este sería posiblemente el último momento en el que íbamos a ser metódicos).
El relieve submarino de esa zona de Tossa es realmente bonito. Planicies de arena manchadas de pepinos de mar, rodeadas por pequeñas montañas de roca forrada de vida marina por doquier, dejando huecos, grutas y cuevas donde la vida prolifera y se extiende.
Durante la primera media hora vamos bajando progresivamente hasta los 21,7 metros de profundidad. En nuestro viaje vamos encontrándonos con todo tipo de habitantes. Las castañuelas (Chromis chromis) nos acompañaron casi todo el viaje, vimos una brótola (Phycis phycis) en una cueva, como custodiándola, junto con un cabracho (Scorpaena scrofa) que yacía plácidamente en el fondo, consciente de que ningún otro animal debe acercarse si no quiere probar sus púas y su veneno.
Vimos un par de pulpos (Octopus vulgaris), el segundo realmente grande, con el que Uri intentó casi tiene un "afair" y un par de morenas (Muraena helena) que nos saludaron desde sus grutas. Había muchos sargos (Diplodus vulgaris) que bajo la luz de la linterna destellaban ante nuestros atónitos ojos, incapaces de parpadear para no perdernos ni el plancton pasar por delante nuestro y otros grupos de peces que no recordamos como para identificarlos ahora (me tengo que hacer con una funda para la cámara!!). Especialmente, me quedo con la intriga de no haber identificado la especie de un pececillo fusiforme, con líneas longitudinales amarillas en los flancos y que al ser alumbrado resplandecía en un azul ténue en la zona del abdomen, de una forma casi fantasmal. La próxima vez lo sabré!
Pero la invitada de excepción fue una raya pintada (Raja montagui) que encontramos sobre las rocas ya de vuelta. Fascinante animal de aproximadamente 75 cm, sólo el cuerpo, que "descansaba" sin ser molestada por nada ni nadie.
Entre todo este mundo acuático y las maravillas que nos fuimos encontrando cometimos un error muy grave... perdernos. No seguimos la brújula ni el mapa en ningún momento y acabamos totalmente desorientados y sin tener claro dónde estábamos ni la dirección a tomar.
Afortunadamente la inmersión no era complicada y mantuvimos la calma. Así que subimos a la superficie y nadamos hasta la orilla, después de 50 minutos de disfrute y deleite (y algo de frío por parte del pobre Uri).
La nota amarga la pone la pérdida de la linterna que me dejó Júlia con toda su buena fe. Evidentemente no era mi intención, pero la pobre linterna, después de soltarse del pasador que llevaba en la muñeca, se fue al fondo del mar.
Afortunadamente la propietaria (o expropietaria) ha sido comprensiva. Así que final feliz para mi primera inmersión como submarinista!